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María Teresa Rullán Rodríguez nació en Yauco, Puerto Rico, el 21 de abril de 1921. Estudió en las Hermanas Dominicas de Yauco, donde conoció a Madre Dominga Guzmán, quien fue su maestra a la edad de 5 años.

Durante sus primeros años estuvo rodeada del amor de sus padres -don Pedro Rullán y doña María Teresa Rodríguez- y sus hermanos. Estudió química en los Estados Unidos y, cuando regresó graduada a Puerto Rico, conoció a Duncan del Toro, con quien contrajo nupcias. Del matrimonio nacieron tres hijos.

A los veintiocho años quedó viuda. Al principio tuvo que ocuparse del negocio de su marido: una fábrica de muebles. Los padres jesuitas la ayudaron mucho espiritual y materialmente. Siempre dirigió su vida para la gloria de Dios, con un amor muy profundo a nuestra Santísima Madre.

En aquellos años unas señoras muy piadosas se habían impuesto la tarea de promover la devoción a la Patrona de Puerto Rico, Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, junto al P. Saturnino Junquera, SJ. Recorrieron muchos rincones de Puerto Rico llevando en peregrinación la imagen de la Virgen. Otro sacerdote jesuita a quien ella profesó mucho afecto fue el P. Antonio González Quevedo, SJ, quien fue además su confesor.

Una intervención inesperada del Sindicato de Tronquistas, a los cuales ella se enfrentó sola, negándose rotundamente a sus presiones y peticiones, trajo consigo la quema de la fábrica de muebles. Lo perdió todo. Pero María Teresa no se derrumbó. Acató los designios de Dios, abandonándose en sus brazos. Por temor a que le pasara algo a su hijo, movida por la prudencia y la fortaleza interior, lo envió a Estados Unidos para que forjara su futuro con éxito.

Destacó por ser una mujer elegante y educada. Estableció un negocio de decoración de interiores que mantuvo por largos años. Trabajó para el sustento de su familia y por su Iglesia. En los años 60 se mudó cerca de la parroquia Santa Teresita, regentada por los Padres Carmelitas, a una casa en la calle Rambla del Almirante, que fue su residencia hasta el final de su vida.

Comenzó a confesarse con el P. Roberto Barreneche, O. Carm., quien, ejerciendo la función de director espiritual, se dio cuenta de que María Teresa tenía vocación de terciaria carmelita. Profesó el 17 de diciembre de 1961 e hizo voto de castidad para el resto de su vida, convirtiéndose en una viuda consagrada, que es un estilo de vida específico, contemplado desde el inicio de la Orden Tercera en la bula Cum nulla dada por el papa Nicolás V al beato Juan Soreth.

Cuatro años después, el 8 de diciembre de 1965, concluyó el Concilio Vaticano II y dio comienzo una época de renovación o “aggiornamento” en la Iglesia. Como cuenta P. Tarsicio en sus Memorias, en Puerto Rico se desató una lucha campal entre dos modelos diversos y contrarios de Iglesia. Se fueron eliminando asociaciones o movimientos tradicionales. La Orden Tercera no fue la excepción. Pero el Señor se valió de María Teresa para evitar que ocurriera ese desastre.

María Teresa del Toro quedó permanentemente al frente de un pequeño resto como priora, resistiendo contra viento y marea… Su cuñada Luisita de Hostos de Del Toro quedó al frente de la formación en calidad de Maestra de Novicios. Con esfuerzo y dedicación fueron acogiendo y formando los pocos que en esos años de crisis post-conciliar fueron llegando. La tesorería estaba en manos de doña Providencia -Provi- Morales. Durante años el liderato no pudo renovarse. Fue priora durante más de 25 años.

En 1974 nombraron a P. Tarsicio Gotay Figaredo director espiritual de la TOC. Cuenta que las reuniones se celebraban en la tarde del domingo. Se recitaba el Oficio Parvo de la Virgen, se daba la Bendición Solemne con el Santísimo Sacramento y se tenía la procesión mensual de la Virgen del Carmen. Dicha reunión se transformó en una Misa Sabatina matutina.

María Teresa consideraba que la intervención de P. Tarsicio había hecho posible mantener viva la Tercera Orden, con un gran florecimiento bajo su dirección. Es curioso: P. Tarsicio le atribuye el mérito a María Teresa, en cambio, María Teresa se lo atribuye a P. Tarsicio. ¡Así son las almas virtuosas! No ven sus méritos, sino los de los demás.

Y es que María Teresa se formó con sacerdotes virtuosos. Durante su vida, se carteó y dirigió espiritualmente con un carmelita que murió en olor de santidad: P. Enrique María Esteve.

Como santa Teresa de Jesús, decía que quien seguía la Regla del Carmelo no necesitaba nada más para llegar a la perfección.

Era muy devota de la Virgen del Carmen y el Escapulario. Durante las reuniones de los primeros sábados de mes, ella y todos los demás llevaban puesto el escapulario ceremonial. Antes de comenzar la reunión, siempre colocaba flores debajo del altar y se aseguraba que todo estuviera listo y bien puesto. Durante la reunión, se escuchaba alguna charla de P. Tarsicio, el director espiritual de entonces, seguido por la misa sabatina, los anuncios comunitarios y un rato para compartir. María Teresa lo organizaba todo al dedillo, sin que faltaran detalles. Al final de cada reunión, antes de salir de la capilla, todos rezábamos a una la Consagración a la Virgen del Carmen y cantábamos el Flos Carmeli o el himno “Virgen hermosa”, que tanto le gustaba. De ahí salíamos de la capilla, pasábamos al saloncito junto a ella, al lado de la oficina parroquial, para compartir fraternalmente y tomar algunos refrigerios. Nunca faltó detalle. Siempre había mallorcas (ensaimadas), emparedados, café con leche, algún jugo o refresco.

La Novena del Carmen se preparaba con solemnidad. Alguien predicaba y algunos miembros de la Comunidad asistían con su escapulario durante los nueve días y a la procesión hasta la playa de Ocean Park. María Teresa siempre estuvo comprometida con la parroquia y con la comunidad. Asistía con su escapulario y animaba a todos a honrar a la Virgen y el Escapulario. Años más tarde, algunos miembros insistían en acompañar a la Virgen en la procesión, honrándola con el santo hábito. María Teresa acogió amorosamente a quienes alguna vez participaron de la procesión con el hábito, pero ella los acompañó con el Escapulario ceremonial.

Decía que el Escapulario es el hábito del terciario. Y que el hábito talar era un privilegio, cuyo uso estaba reservado para momentos muy especiales, como una profesión o un acto corporativo extraordinario -ella utilizaba una expresión antigua de la TOC: «ir en cruz alzada»-, y siempre con el permiso del director espiritual.

Supo interpretar con sabiduría los nuevos aires teológicos de su tiempo, haciendo los ajustes necesarios, pero sin romper con la tradición. Tenía a la mano la Regla de la Orden Tercera de 1948, la del padre general Lynch, la cual le servía de referente para adaptar con mucha inteligencia espiritual la tradición carmelita a la teología y el espíritu postconciliares. El modelo de terciario tenía que responder a la teología del laicado surgida del Concilio Vaticano II, basada en las constituciones Lumen Gentium y Gaudium et Spes.

En sus clases de formación siempre insistió que la vocación de los terciarios era ser carmelitas en el mundo: como madres/padres de familia, profesionales, etc., y no como monjas o frailes. Hacía énfasis en que el testimonio de vida de un laico carmelita no estaba en el hábito ni en la clausura, sino en ser hombres y mujeres de profunda vida interior en medio del mundo.

Era una mujer de ideas teológicas claras, de principios morales firmes, y equilibrada en sus emociones, pero siempre mansa, dócil al Espíritu y abierta al diálogo. Cuando la fundación de los Oblatos del Carmen, muchos terciarios, que no entendían de qué se trataba aquél experimento, criticaron duramente el grupo, acusándolos de personas orgullosas, que se creían santas. María Teresa nunca formó parte de ese grupo, pero siempre mostró atención y respeto al proyecto. Aceptó con mente abierta esta nueva forma de vida consagrada laical y célibe como un signo de los tiempos.

Vivió centrada en Jesucristo, enamorada del Santísimo Sacramento del altar. En Santa Teresita, no faltaron nunca flores rojas los primeros viernes de mes. Se quejaba amorosamente muchas veces de la falta de asistencia de algunos terciarios, preguntándose que tendría que hacer para que viniesen a estar a solas con el Señor… Decía que Jesús Sacramentado debía convertirse en la persona más importante de nuestra existencia. Como fruto de su amor a Jesús Eucaristía, colaboró en la renovación y decoración de la capilla y regaló el hermoso sagrario que todavía hoy se encuentra allí.

Fue una mujer activa. No dejaba para mañana lo que podía hacer hoy. Muchos no se explicaban cómo podía hacer tanto con su tiempo. Era una contemplativa en el mundo. Contemplaba las maravillas del Señor, aunque siempre afirmó no haber tenido una experiencia mística extraordinaria. Aún así, su vida interior ordinaria fue vivida de manera extraordinaria. Practicó con fidelidad la oración, llegando a alcanzar un alto grado de intimidad divina, que es una de las notas principales de la espiritualidad carmelita. Transmitía la paz interior, fruto del dominio de las pasiones y el espíritu de contemplación permanente, incluso en medio de la acción, de Nuestro Padre San Elías: «vive Dios en cuya presencia estoy». Vivía totalmente abandonada en Dios, confiando en su providencia. Decía que Dios siempre había estado presente en todos los momentos de su vida.

También apoyó las diversas expresiones de oración comunitaria: el canto de Laudes y la Lectio Divina. Aunque por poco tiempo, organizamos un grupo de Lectio en su casa.

Le encantaba viajar y organizaba los viajes. Asistió, junto con P. Tarsicio y este servidor, al primer Encuentro Internacional de la Orden Tercera, celebrado en Aylesford, en 1991. Desde entonces procuró asistir a los encuentros internacionales. Después del plenario, era costumbre dividirnos en pequeños grupos, por zonas lingüísticas, para discutir algunas preguntas. Participaba activamente en las discusiones de grupo, contribuyendo con su experiencia y conocimientos. Cabe destacar su papel durante y después de un encuentro extraordinario celebrado en Sassone, en mayo de 2001, para discutir la elaboración de una nueva Regla para la TOC. -P. Tarsicio era el Delegado General para esas fechas.- María Teresa formó parte de la comisión que elaboró la nueva Regla de la Tercera Orden, aprobada en 2003.

Ante las adversidades, siempre sobresalió por su paciencia y humildad. Después de haber desempeñado el cargo de priora durante tantos años, supo humildemente pasar a un segundo plano y a obedecer a la nueva priora, aún cuando su nuevo estilo de gobernar no coincidiera con el suyo. Siempre mantuvo la calma, en una paciente confianza en los planes misteriosos de Dios, que obra a través de lo que nos g usta y lo que no.

Comprometida con los proyectos de la Orden, colaboró económicamente con el Seminario Carmelita. Cuando se fundó Caridades Carmelitas de Puerto Rico, que durante los primeros años se llamó Comité pro construcción Iglesia y Monasterio Santa María del Monte Carmelo, fue fiel colaboradora. No fue miembro oficial del Comité, pero siempre colaboró activa y eficazmente en la venta de boletos para los conciertos y los sorteos. Ella era el enlace entre el Comité y la comunidad de Santa Teresita.

María Teresa fue una mujer de Iglesia. Perteneció a otros grupos eclesiales, entre ellos, los Cursillos de Cristiandad, dirigidos por Mons. Jaime Capó Bosch y el Dr. Vicente Fernández Mariño. Llevaba semanalmente el arreglo floral para la capilla de la Casa de los Cursillos en Aguas Buenas. En momentos de dificultad, a su Iglesia la defendió con todo su corazón.

Justo antes del encuentro carmelita celebrado en mayo de 2001, participó en la beatificación de Carlos Manuel Rodríguez, el 29 de abril. La acompañaron sus hermanas viajeras: Gisela García, Josefina Pérez, Lolín Cortiella y Magda Romaní. En esos días había sufrido una caída. Podía caminar, pero con dificultad. Seleccionada para saludar al papa san Juan Pablo II durante el ofertorio de la Misa, se presentó ante él en silla de ruedas.

Si alguna virtud la caracteriza es la belleza. Llamaba la atención de muchos por su apariencia externa: era una mujer muy guapa, elegante, de modales exquisitos, siempre bien vestida y con buenas relaciones sociales. La recordamos por el pelo recogido en un típico moño de la época. Hubiera sido un buen partido para cualquier hombre, pero siempre guardó sus sentidos para mantenerse fiel a su voto de virginidad.

Esa belleza era el reflejo de otra belleza, aún más bella: la interior. Mujer fuerte, de carácter definido y de convicciones profundas, era también mansa y humilde de corazón. No había dobleces en su mirada ni segundas intenciones. Miraba siempre de frente y, cuando llamaba la atención por algo incorrecto, lo hacía tan sutilmente y con tanto amor, que había que doblegarse ante sus palabras siempre impregnadas de luz. Si tenía que denunciar algo lo hacía, pero si tenía que callar algo, lo hacía también con mucha discreción. Nadie recuerda que se expresara mal de nadie. Cuando en un grupo observaba que se iba a hacer algún comentario negativo de alguien, discretamente se retiraba. Así imitaba las maneras y el silencio de María.

Cuando cayó enferma de cáncer en el estómago, en la Cuaresma de 2004, ya no podía ir a la peluquería. Enferma y con dolores, conectada a la máquina del suero, siempre estaba sonriente. Le confesó a una terciaria amiga que estaba viviendo su último desasimiento: morir a la vanidad natural de la mujer, pues para ella la apariencia personal y, en particular su peinado, eran elementos fundamentales de su identidad como mujer y seglar consagrada, y un reflejo de la belleza interior.

Durante toda su vida habló del privilegio de morir en sábado. La Virgen del Carmen vino por María Teresa el sábado 15 de mayo, a las tres de la tarde, víspera de la fiesta de san Simón Stock. Fue enterrada con el santo hábito de la Tercera Orden del Carmen de Puerto Rico.

Murió en olor de santidad, según lo afirmó en su homilía de las exequias fúnebres el Cardenal Luis Aponte Martínez. Años más tarde, Mons. Roberto O. González Nieves, arzobispo de San Juan, le pidió a Mons. Luis Mª Miranda, quien por esos tiempos no era todavía obispo sino delegado para la TOC, que se estudiara su caso para una posible causa de beatificación.

Preparado por P. Miguel Norbert Ubarri, con su testimonio personal y el de otros cuatro testigos que la conocieron: P. Tarsicio Mª Gotay Figaredo, Magda Romaní, Isabel Cintrón Moscoso y Gisela García.

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