Skip to main content

María Antonia Narváez Ramos nació el jueves 20 de febrero de 1936 en Morovis, Puerto Rico. Se cría en el seno de una familia profundamente cristiana. Sus abuelos Don José Encarnación (papá José) y doña Teresa Rosado forjaron en ella el carácter recio y comprometido que marcará todo su paso por la tierra.

Los cimientos del hogar católico de ‘la casa arriba de las escaleras largas’ del sector Narváez del barrio Fránquez, imprimieron en María Antonia, Toñita como cariñosamente le conocen en la familia, la personalidad más contenta y alegre que se haya podido conocer en nuestra parroquia.

Las virtudes de la fe, de la esperanza y la caridad exquisita configuraron los rasgos personales de una mujer cabal, que hundió las raíces de su alma en:

  • la raza hispánica de los puertorriqueños,
  • en la unión de la inteligencia y el afecto (humanismo),
  • en el ejercicio de la piedad cristiana y de la tradición religiosa
  • y en la finura de una cultura que la animaron siempre entre sus talentos líricos y musicales.

Los primeros años de su vida se desarrollan en el Barrio Fránquez de Morovis, cuya ruralía labra en quienes lo habitan con ese especial rasgo de ser gente de buena voluntad. El ambiente de su tiempo, en el que le tocó vivir su infancia y juventud es el de mayor nivel de hospitalidad y solidaridad; a la gente, especialmente a quienes vivieron esos años en el ahora sector Narváez se le notaban sus buenas intenciones. Fueron los años de las décadas de los 30 y de los 40; en Puerto Rico se cuaja un forjar patriótico basado en el trabajo de la tierra y en la construcción de familias numerosas y sólidas. María Antonia se estira para arriba en la casa de sus abuelos paternos porque así lo quiso Dios y para que sus papás don y doña Panchi tuvieran mayor flexibilidad de mudarse a Vega Alta y conseguir instalarse más cerca de oportunidades adicionales.

Cuando todavía en su barrio, alcanza la inicial juventud, se desenvuelve entre el vínculo familiar y el de la amistad. En el círculo de sus camaradas una de sus mejores amigas fue su prima María Teresa Narváez (doña Tere, de feliz memoria). La ilusión por vivir junto a la prudencia de las costumbres la mantuvieron siempre en el margen del mejor comportamiento y del disfrute sano de la vida. Los años se hilaban al paso del calendario católico que marcaba siempre el flujo de la mejor cultura de nuestros campos, las tradiciones religiosas y la música típica de la más alta calidad. En su casa todos cantaban, tocaban un instrumento y bailaban el son que se propusiera. De este alborozo vecinal aprenderá a tocar la guitarra y a desarrollar una de las voces más talentosas de la familia.

Como buena cristiana y ferviente moroveña su apego a la tradición familiar junto al amor entrañable que profesa a la patrona la Virgen del Carmen la impulsan a entrar en la tercera orden carmelita de la que hará profesión formal y a la que pertenecerá con observancia durante toda su vida.

La casa de sus abuelos es el bastión católico del barrio. Es allí desde donde los padres carmelitas españoles gestionan su apostolado pastoral como regentes de la parroquia municipal y de la capillita que en Fránquez anclaron bajo el título del Santo Niño de Praga. El trato continuo de la familia con los sacerdotes pone a María Antonia en contacto con el padre Nuño Besalduch que la dirige espiritualmente y la encamina a la vida religiosa en la congregación española de las hermanas de la Virgen María del Monte Carmelo.

Ingresa en el postulantado en Río Piedras y luego es destinada a hacer el noviciado en España. Allá aprende a ser monja de buen calibre y descuella por sus habilidades para la obediencia y el decoro. Sus superioras la califican de diligente, talentosa e inteligente. Hace sus primeros votos en España el 1 de agosto de 1959 de manos del padre Besalduch que viaja a España para esta ocasión especial.

Es enviada luego a Puerto Rico al colegio de nuestra Señora del Carmen de Rio piedras en donde hace sus promesas definitivas a Dios el 15 de agosto de 1961. En este colegio se desempeñará como maestra y como asistente. Todos los niños la adoran y se apegan a ella procurando su buen trato y su carisma maternal. Nunca dejó de relatar como anécdota graciosa la ocasión cuando sus alumnos, inocentes infantes, un día le tomaron la parte trasera del escapulario y alzándolo simularon la procesión de una novia con su larga cola mientras tarareaban la marcha nupcial de Wagner. Los años dedicados al colegio dibujaron de ella un mosaico de experiencias junto con los niños y sus padres a cualquiera más simpática. Su carisma dejo una huella imborrable en dicha institución educativa.

Trabaja en la clínica Julia y en el hogar carmelitano de Guaynabo. Fue superiora de la casa de santa Matilde y se traslada de obra en obra ejerciendo su apostolado en las diversas casas que regenta la congregación en Puerto Rico.

Su misión más importante la llevo a cabo junto a los sacerdotes marianistas en la Noell, un campo de apostolado dirigido por estos misioneros que ofrecían todo para sostener la vida de la Iglesia en Jayuya. Fueron anos brillantes, cargados de un trabajo infatigable en favor de los pobres, los desvalidos y las familias en desarrollo. Allí la hermana María Antonia desgastó su juventud ofreciendo a todos lo mejor de sí. Catequista, sacristana, directora de coro, guitarrista, ministro de la sagrada comunión, coordinadora y maestra; papeles, roles y funciones que cumplió con exquisita responsabilidad con el toque luminoso de la simpatía y el continuo buen humor optimista con el que siempre firmó sus compromisos.

Una nueva encomienda la requiere y le sorprende haciendo que su vida cotidiana se traslade a la casa paterna de Morovis donde regresa con un permiso especial para dedicarse al cuidado clínico de sus tías. A ellas consagró todo su esfuerzo hasta que las tres fallecieron, la última en el 2019.

Una vez cumplido su compromiso familiar permanece en Morovis colaborando estrechamente con la pastoral parroquial ayudando en todo cuanto pudiera al apostolado de la piedad popular, la visita de los enfermos y el ejercicio de la caridad permaneciendo como colaboradora estrecha del padre Diego a quien le unió desde el año 2019 una hermosa amistad. A sus 85 años corría más que todos, trabajaba, cantaba, bailaba, limpiaba, lideraba y animaba con un potencial sorprendente. Toda la parroquia y gran parte de la diócesis de Arecibo llegó a conocer estos últimos años su vigor indestructible.

El lunes 24 de marzo de 2025 después de padecer un episodio de baja presión, fue ingresada en el hospital Doctor Center de Manatí. Recibió los santos sacramentos y la indulgencia plenaria, se le impuso una vez más el escapulario de la Virgen del Carmen, y se rezó el santo rosario. Sus familiares, hermanos sobrinos y amigos la rodearon de amor y mil atenciones, y luego al filo de las cinco de la tarde, en la solemnidad de la Encarnación, entregó su alma al Señor con una paz serena y confiada. La Santísima Virgen la recibió en sus brazos.

Sus exequias se celebran ahora en este templo de san Pablo del Barrio Barahona de Morovis porque habiendo pensado en el templo del Santo Nino de Praga de su barrio natal tuvimos que admitir que se quedaría pequeño para la afluencia de personas que la conocieron y que dado el nivel de su influencia en la vida de tantos lo más acorde era celebrar su velatorio en el templo principal de su parroquia a la que dedico los últimos anos de su vida. Su féretro es luminoso su cuerpo transmite sosiego y el dulce sueño de los que mueren en el Señor. El presbiterio del templo se ha convertido en el jardín adornado con las más bellas flores para exhibir la semilla más prometedora que estos días embarga a nuestra comunidad parroquial; la semilla del legado de ¡LA MONJITA MÁS ALEGRE DE LA TIERRA!

De su manera de ser todos aprendimos a que esta vida merece ser desgranada sin perder ninguna oportunidad para ser felices sirviendo a Dios y al prójimo. Si algo debe exaltarse de manera eminente fue su espontanea dulzura y gentileza en el trato para con todos. Maritoni, como ella quiso que le llamaran en la parroquia, es la luz que nunca dejará de brillar en quienes tuvimos el privilegio de compartir con ella. Tenía el don de gentes como su talento más destacable. Si alguna cosa podía definirle en un primer momento esa era su alegría. María Antonia era alegre, alegre como una pandereta, siempre sonriendo, siempre con los ojos chispeantes de alegría.

A todos les daba lo mejor de sí, su tremenda alegría y su inacabable ilusión por vivir. Con todos se reía. Ella decía que una sonrisa lo gana todo, hasta al más pecador, pero la cara larga ahuyenta a todos. Bromeaba diciendo que los amargados tienen la cara como un limón exprimido. Su rica personalidad y su carisma polifacético le acumuló nombres alusivos todos a su encantadora manera de ser. Su familia le llamaba Toñita, sus hermanas monjas sor Eufrosina, sus amigos ‘Maritoni’, su amigo Quitín la bautizó ‘la monja dinamita’, y los del sector Narváez de Fránquez le llamaban ‘bocinita’. En fin, este escrito hace un flaco homenaje a la monjita más alegre de la tierra; la verdad es que si fuéramos a escribir todo el tesoro de su vida llegaríamos a llenar cientos de páginas relatando lo maravilloso que fue Dios en la vida de nuestra hermanita amada. Su vida fue siempre la de difundir la «buena nueva», y ella fue su alegre portadora.