DESDE EL CORAZÓN DE ÁFRICA
A ciencia cierta no se sabe la fecha exacta de su nacimiento —es la triste condición de los pobres aldeanos— pero los testigos son concordes en afirmar que apenas rebasaba los veinte años. Nació en Bokendala, Zaire, de la tribu de los bobangi y de familia muy humilde. Como todos los desheredados de este mundo hubo de emigrar en busca de un trabajo y marchó a Coquilhatville donde lo halló en un centro de explotación estatal; también aquí encontró la fe cristiana en la que fuera instruido por los padres trapenses.
Un catecismo escrito en su propia lengua bobangi decía textualmente entre sus principales principios de instrucción para los catecúmenos:
— «Y ¿cómo se conoce que alguien es cristiano?
— Si lleva colgado de su cuello el escapulario de la Virgen y el santo rosario. De este modo se sabe que este hombre es cristiano y es conveniente que ante los otros muestre su fe».
— «Amigos míos, es bueno que el escapulario y el rosario vayan siempre con nosotros. Dios es nuestro Padre. María es nuestra Madre y ha demostrado frecuentemente que protege a sus hijos».
Cuando Bakanja recibió el bautismo el 6 de mayo de 1906 también se le impuso el santo Escapulario del Carmen del que no se despojaría jamás. De aquel tiempo existen estos dos valiosos testimonios:
«Bakanja tenía un carácter dulce. No discutía nunca. Era un cristiano muy bondadoso».
«Bakanja era siempre afable con todos, blancos o negros; jamás discutía y rezaba siempre».
Se ve que el muchacho tomaba en serio aquello de ser cristiano.
Al terminar su contrato de trabajo ha de volver a su aldea de Bokendala, pero allí no existían ni empleo ni cristianos con los que compartir su fe por lo que marcha a Busira donde alguna vez podía encontrar misioneros y recibir los sacramentos.
Finalmente entra al servicio de un blanco llamado Logange, gerente en Ikili de la Compañía Estatal Belga de plantación de caucho. Sus propios amigos le habían aconsejado no fuera allá por el trato inhumano que, según se decía, recibían en aquel lugar los peones negros.
Isidoro Bakanja confía plenamente en la bondad natural del hombre y no puede creer en inhumanas crueldades. Es lo que le han enseñado los mismos misioneros blancos.
En la plantación encuentra a otros semiesclavos a los que instruye en la fe cristiana; esto no le agrada al patrón Logange porque «aprenden demasiado». Eso de que todos somos hijos de Dios, blancos y negros, y con los mismos derechos, no cuadra en los esquemas mentales del amo.
Un día Bakanja comenta con su amigo Iyondo, criado también de Logange, el por qué del odio que el patrón tenía a los negros cristianos.
«En cierta ocasión —le cuenta— me vio el rosario y me dijo que arrojara ese trasto, que no le gustaba verme rezar; que allí estábamos para trabajar y no para musitar oraciones devotas, y que odiaba a los cristianos del mon Père, lacayos del Padre misionero que revolucionaban a los trabajadores».
Los amigos conciertan rezar en privado, pero no tienen por qué ocultar su condición de creyentes. Bakanja lleva muy orgulloso sobre su pecho el Escapulario del Carmen; no olvida aquel consejo del catecismo: «es bueno que el escapulario y el rosario vayan siempre con nosotros».
Pero Logange no lo soporta.
«¡Bakanja! —le grita un día—, ¡quítate inmediatamente ese amuleto!».
Bakanja no obedece. Ante la pertinaz y valiente actitud del muchacho el amo le ordena que le apliquen veinticinco azotes con un terrible látigo de fustigar animales. El reo guarda silencio; sabe que el sacrificio aceptado por Dios es meritorio y no quiere perder la ocasión.
Al patrón le va resultando cada día más molesto aquel negro cristiano que se atreve a no acatar sus órdenes, sean las que fueren. Bakanja no deja de hacer apostolado entre sus compañeros y les enseña la manera de cómo dirigirse a Dios como Padre.
«Si este tipo continúa comportándose así —comenta Logange— dentro de poco veremos a todo el personal rezando el rosario».
Ordena azotarlo de nuevo «para que no enseñe esas tonterías a mis obreros».
En cierta ocasión y en un arrebato de cólera el patrón ha arrancado el escapulario de Bakanja y lo ha tirado a los perros que lo destrozaron, a la vez que ordena se le azote con látigos de clavos; se resiste Bongele, el pobre e involuntario verdugo, pero no tiene más remedio que ejecutar las órdenes.
La espalda de Bakanja es una inmensa llaga abierta, arrancada la piel y brotando sangre a borbotones que enfurece aún más a aquel hombre sanguinario.
Cuando cae el pobre muchacho sin sentido, se le esconde para que no sea visto por nadie, amarrado con cepo en unas cuadras sobre inmundicias, entre ratas e insectos que acuden al olor de la sangre.
Y es que termina de llegar un alto inspector de la Compañía, un tal Dorpinghaus Potama, quien sin duda hubiera recriminado tan brutal comportamiento; existía un reglamento de trabajo que procuraba hacerlo observar.
Hay que sacar al moribundo y llevarlo lejos.
Bakanja logra escapar, arrastrándose, y se refugia a las orillas de un cercano pantano llamado Ikili.
Allí lo encuentra Moy’a Mputu, el acompañante del inspector.
«Si ves a mi madre —le había dicho Bakanja—, si te pregunta el juez, si vas a la misión del Padre…, diles que muero por ser cristiano».
Tampoco se le olvidará la escena al inspector Dorpinghaus, a quien su acompañante se arriesga a denunciarle el caso:
«Vi salir a un hombre de la selva. La espalda cubierta de suciedad, comido de insectos. Más que caminar se arrastraba».
Lo lleva personalmente a Ngomb’ Isongu. Eran los primeros días del mes de febrero de 1909.
Allí recibe asistencia médica y religiosa.
«El blanco no quería que llevara el hábito de María, el escapulario; me insultaba cuando rezaba», confiesa al sacerdote.
El Padre le exhorta a que no alimente el odio en su corazón contra su verdugo.
«Si muero, en el cielo pediré por él», es la respuesta.
Y no tardaría en cumplir su promesa.
Nada se pudo hacer por salvarle la vida; sus carnes putrefactas se caían a pedazos entre terribles dolores.
Un día, tras largos meses de postración en el pobre jergón que le servía de cama, se levanta inesperadamente; era el 15 de agosto, la Asunción de Nuestra Señora y domingo a la vez.
Asistió a los oficios religiosos y poco después cae rendido en su lecho y entrega su limpia alma al Salvador.
La comunidad cristiana le amortaja con el rosario que llevaba en el momento de morir y le colocaron sobre su pecho el santo Escapulario del Carmen.
Para Isidoro Bakanja el Escapulario carmelitano fue algo más que un signo o un sacramental; fue expresión de una vida entregada, de amor filial, de soporte, de seguridad y firmeza hasta el grado heroico al que llegan los santos.
Así lo ha entendido y lo ha reconocido la Iglesia.
Los Carmelitas, B.A.C.



